“Yo a vos no te creo nada, cómo vos vas a creer en mí
universos de tierra y agua me alejan de vos”
Los Fabulosos Cadillacs (Calaveras y diablitos)
Ayer por la mañana, mientras lo preparaba para ir a la escuela, Emiliano me preguntó por qué Ernesto estuvo con nosotros de tiempo completo los primeros 3 días que pasamos en Cuba y luego no lo vimos. Me quedé helada, han pasado casi cuatro meses desde entonces, él nunca me lo había cuestionado. Le dije que tenía mucho trabajo, por eso nos había dejado solos.
Esa es una respuesta que todavía no tengo clara yo misma. Es un tema al que me he cansado de dar vueltas y hace más de un mes dejé por la paz. Cuando asumí (gracias a la instancia de mi querida Vero), que estaba atravesando una depresión y que requería asistencia médico, asumí también que era el momento de dejar el tema de lado, trabajar realmente en sanarme de ese y todos los conflictos añejos que se me vinieron encima de golpe, y retomarlo cuando estuviera lo suficientemente fuerte y lista para enfrentarlo con objetividad.
Por la tarde llevé a mi madre al médico. Hemos procurado seguir su caso en el IMSS, el neurólogo que la ve ahí es bueno, sin embargo ella se empeña en ver uno particular. Yo sabía que este médico era cubano y lo había visto de lejos, su consultorio está junto al de mi ginecólogo. Ayer fue la primera vez que lo vi a los ojos e interactué con él. Fueron momentos un tanto difíciles.
El doctor Recio es muy similar a Ernesto, no sólo por el acento y el origen. Éste tiene también ojos azules, aunque más claros que el otro, cabello muy recortado y escaso, nariz prominente. Sólo la estatura no la tienen en común, el médico es alto. Además hizo bromas todo el tiempo a Emiliano.
Mi madre, siempre víctima de su impulso por el chisme le dijo tal cual: “¿no le había comentado que ésta se me andaba casando con un cubano?” El médico rió. “Cuidado, los cubanos tenemos mucha labia”. Reí y le di la razón. Mi madre salió en la defensa del susodicho, “pues a mí éste me gustaba, era un buen hombre”. También le di la razón, “efectivamente, es un buen hombre pero su egocentrismo es muy alto como para casarnos”. El doctor explotó: “eso sí es normal en los cubanos”. Cambió el tema para seguir con la consulta. Lo agradecí.
El resto de la noche recuerdos y dudas se me movían en la cabeza. Me senté frente al televisor con Emiliano, tal vez viendo “Los padrinos mágicos” me despejaría.
Hace una semana recibí el último comunicado de Ernesto (resultado de una serie de mensajes que intercambiamos pero no comprendimos y de mi estúpido impulso por enviar el primero que lo detonó todo). Me acusó en éste de haber terminado nuestra historia por mi incapacidad para aceptar que no soy yo lo único en su vida, ya que él tiene que dedicarse a otras cosas. Vuelvo a la pregunta de Emiliano: ¿por qué desapareció en La Habana luego de habernos depositado cuatro días en Varadero sin consultármelo, luego de que tomamos dos aviones sólo para estar con él durante nuestras vacaciones? ¿Por qué las semanas de abandono previas al montaje de su exposición de septiembre, sin un correo, sin una llamada? ¿Por qué su total indiferencia ante mis mensajes de auxilio de meses y su insistencia en que sólo yo debía entenderlo a él? ¿Por qué no lo dejo de pensar?
No creo que las respuestas estén en mi incapacidad para compartirlo. Seguiré esperando a que vuelva mi objetividad.
No respondí su correo.
1 comentario:
Y será mejor que no lo respondas... Un abrazo.
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