martes, 13 de noviembre de 2007

Norteada en Londres


Segundo día en Londres. A pesar del cambio de horario y el dolor de espalda producto del viaje y el acarreo de maletas, logré dejar la cama temprano para ir a la función de prensa de las 10am en Leicester Square. Corrí al metro y llegué poco pasada de diez minutos de la hora de la función al cine Odeon.

Todo resultaba muy raro, a pesar de ser mi primer día en el Festival y no conocer su dinámica, algo me parecía no estar bien. Entré a la sala al mismo tiempo que varios ancianos, ellas muy maquilladas y envueltas en pieles y abrigos finos, ellos en traje y cashmire. El foro era majestuoso y el resto de los espectadores estaban en el mismo patrón que mis compañeros de acceso.

Como los “cines de antes”, era una sala de dos plantas. Los asientos estaban tapizados en terciopelo de leopardo. Los muros estaban recubiertos con telas azul eléctrico y púrpura. En ambos costados de la sala había relieves de figuras humanas en dorado sosteniendo trompetas que parecían dispuestas a celebrar lo que fuera a suceder en el escenario. Éste cubría de lado a lado el espacio, tenía elegantes cortinas escarlata que coordinadas con el bambalinón enmarcaban la pantalla. Sobre ésta se proyectaba un documental en 16mm, por el contenido y las imágenes pude notar que era realizado en los 80.

Luego de unos minutos de no entender por qué se proyectaba eso y mientras seguía viendo entrar “english ladies and gentlemen” de edad avanzada, deduje que me había equivocado de sala y evento, esa no podía ser la proyección para la prensa y los invitados del Festival. Terminó el documental y dada la permanencia de la audiencia (que seguro sí sabía lo que venía después), decidí quedarme y dejarme sorprender.

Una pareja joven con una niña se sentó delante de mí, ya no me sentía “tan” fuera de lugar entre tanta gente mayor. De pronto se escuchó música de órgano y, poco a poco, emergió del escenario un aparato grande y luminoso manipulado por un hombre robusto. La audiencia estalló en aplausos. Esa semana se celebraba el 70 aniversario del cine Odeon Leicester Square y parte de la conmemoración era el concierto de ese fabuloso órgano de tres teclados que cambiaba de colores cíclicamente con unas luces interiores que lo hacían espectacular. Tomé un par de fotos con el celular. El cierre de festejos coincidía con la noche de gala del Festival de Cine el 2 de noviembre, para la que obviamente no conseguí boletos.

Disfruté un rato del concierto y decidí moverme a investigar mi situación: como dije, estaba en el Odeon Leicester Square cuando debí entrar a los Odeon West End, en otro extremo de la misma plaza. De pronto me sentí ridícula al recordar que había entrado en el cine mostrando mi acreditación del Festival con orgullo ante la cara de extrañeza de la boletera que me daba la bienvenida.

Esa tarde me reuní con Alberto. Potosino atípico y antiguo compañero de postgrado. Habíamos estado intercambiado correos las últimas semanas. Es la segunda vez que estando él estudiando en Londres, yo voy para allá y le llevo “encarguitos”. Acordamos vernos en South Bank, donde yo ya me ubicaba; yo quise aprovechar el tiempo muerto y la cercanía para ir a casa a descansar unos minutos y recoger las cosas que le había llevado (dos vasos de mole “Doña María” y un tequila). Ese día mi distracción llegaba a un límite tal que no sólo perdí toda concentración, sino el rumbo. Caminé “fiel” a mi sentido de orientación sin haberme percatado que ese día en particular no lo llevaba conmigo. Anduve en círculos como una tonta en las zonas de Waterloo y Southwark, seguramente me interné en Borough pero nunca me percaté de eso. Estaba perdida a pesar de tener mapa en mano. Luego de mucho tiempo di con una calle amplia y una parada de autobús que al fin indicaba una ruta que pasaba por el Waterloo Bridge, por lo tanto South Bank.

Una vez en mi destino, esperé por Alberto sentada en una bardita. Nos saludamos con gusto, pero con frialdad potosina. Caminamos hacia el Hangerford Bridge y bordeamos Charing Cross Station rumbo a un pub muy particular sobre Villiers Street. Éste es uno de los más antiguos de la ciudad y resulta ser una suerte de cueva, donde por cierto me di un golpe en la cabeza por la poca altura y mi falta de cálculo. Ordenamos vino tinto, aceitunas, humus y brie con pan. Hablamos un par de horas sentados en la escalera de acceso de una casa cerca del pub porque éste estaba lleno. Para la segunda copa de vino conseguimos sitio adentro del pub junto a la barra.

Alberto es un tipo muy agradable e inteligente. Me hizo bien hablar con él, no sólo por el desahogo que pude tener, sino porque siempre es satisfactorio hablar con alguien inteligente, más cuando se han pasado semanas ensimismada y agobiada. Le expliqué que el motivo principal de mi viaje era encontrar el espacio de paz mental que me daba Londres para comenzar mi reconstrucción interna. Creo que superamos barreras de protocolo de ser sólo “cuates” para llamarnos ya amigos.

A las 8.30 había quedado con Leslie en Leicester Square, así que caminamos hasta allá. Como de costumbre llegó tarde, nunca la puntualidad ha sido una de sus características. Se veía muy guapa, alta y sonriente como siempre. Iba acompañada de Mauricio, una visita de Barcelona que luego de horas de charla entendí que era argentino y no español, tiene un acento engañoso además de ser un tipo encantador. Alberto se había cortado antes de internarnos en el Soho y establecernos en una pastelería.

Fue refrescante y maravilloso reunirme con mi Leslie a pesar de no haber profundizado demasiado en nuestras vidas, el encuentro fue un tanto superficial tal vez por la presencia de Mauricio. Sólo tomamos café y pastel, nos despedimos y quedamos en encontrarnos dos días más tarde.

Tomé el metro de regreso a casa cerca de la media noche.

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