viernes, 25 de enero de 2008

As time goes by...

Constantemente pienso en subir ideas o anécdotas al blog que tengo tan descuidado, pero me caigo gorda sólo de pensar en el bla bla bla de hablar de mí misma. Luego me consuelo y digo, “finalmente, para eso es el blog, ¿qué no?”, y, finalmente, sigo sin escribir, ni de mí, ni de cine, ni de la vida, ni de nada.

Hoy, en viernes gris y frío, es un buen día para subir algo, ser egocéntrica y hablar de mí misma. Hoy me siento mal, no sólo gorda y vieja, como lo he venido haciendo hace semanas. Hoy además estoy triste, muy triste.

Enero 25, 2008, se cumple un año de la primera visita de Ernesto a San Luis Potosí. Estuvo 10 días en el país, de los cuales pasamos dos en Real de Catorce, con Emiliano, tres en DF y el resto aquí. Fueron días plenos, conociéndonos mejor, compartiendo, descubriendo, sorprendiéndonos de los usos y costumbres de cada uno. Él con gran ventaja: estaba en mi casa, mirando íntimamente mi vida diaria, de la cuál no tenía yo nada que esconder.

Hacía mucho frío por esos días, de hecho enfermó con el cambio de temperatura, tomando en cuenta que venía del Caribe. Luego padeció un dolor de muelas muy severo, tuvieron que practicarle una endodoncia. Así que esos días no sólo fui novia, anfitriona, chofer y amante, también practiqué de enfermera. Y no es queja, para nada. Lo quería y gozaba incluso eso, cuidarle.

Esa primera visita estuvo llena de momentos gratos. Conoció prácticamente a toda mi gente, menos a mi madre. Todos lo recibieron bien. Absolutamente todos, incluso Emiliano.

Luego yo conocí a parte de su gente en DF. Jochy (José Antonio), el mejor amigo de su hija, Camila. Sara y Roberto, tíos de Jochy. Andrés y su esposa, antiguos amigos y ex colaborador de Ernesto en La Habana. Todos ellos cubanos. También vimos a Valerio, amigo mío quien conoció a Ernesto un mes antes en La Habana (al saber que Valerio iría, aproveché para enviarle cualquier cosa a la isla, mi verdadera intención era que mi amigo le diera el visto bueno al nuevo hombre en mi vida).

Como dije, fueron buenos tiempos. Incluso, al despedirnos en el aeropuerto de México, Ernesto comentó que todo había salido muy bien entre nosotros, que debíamos procurar que todo siguiera igual. Entonces se dirigió a la sala de abordar con la promesa de volver pronto.

Sobre lo que duele hoy sigue sin quedarme claro el origen, ¿es nostalgia por los buenos tiempos, hoy perdidos? ¿es el volver a experimentar la sensación de sentirme una mierda por el trato final que me dio? ¿es lástima por mí misma al verme siempre desairada? ¿es la soledad de siempre que estoy proyectando en este desencuentro?

Me está doliendo, eso es lo único claro ahora y sólo espero que pase pronto. Este fin de semana celebramos los 10 años de Emiliano y merece una mamá feliz. La semana pasada preguntó si todavía estaba triste, le dije que no, no lo puedo defraudar…

martes, 8 de enero de 2008

Cuento


Sin nombre

No tenías confianza. Dudaste un par de días. Yo iba a hacer lo que tú decidieras. Soy tu esclava. No tenían buena pinta, un par de pastillitas azuladas que prometían la dicha en una noche. Seguiste dudando. Yo te seguía observando.

El primer viaje fue a un túnel repleto de gente eufórica y borracha. Sin aire ni paso. Lo cruzamos en medio de empujones y gritos. Dijiste que tomara mi píldora. Te obedecí. Soy tu esclava. Un chico me miró a unos metros, asintió con la cabeza con cierta complicidad. Por fin un claro, ya sentía una suave brisa en la cara. El fin del túnel estaba cerca. Huimos. Dejamos la adrenalina en subterráneo. Decidiste volver a casa. De nuevo te seguí. Soy tu esclava.

La ciudad reventaba en una fiesta masiva. La fuimos dejando atrás al subir la colina en el auto. El camino me envolvió y la notas de The Police comenzaron a seducir mis oídos. Paré. La droga hacía su efecto. Mi mayor miedo, mi único miedo, entrar al edificio y que todos notaran en mi sonrisa que me había metido una pasta. Me sujetaste por la cintura. No volví a sentir miedo.

Encendí la mac, la música llenaba el aire, entonces comencé a bailar revolviendo mi cabello. Tú en el baño. Mi cabello anudado. De pronto tu mano me sorprendió por la espalda y me recorrió la cintura hasta que me tuviste en brazos y bailamos “Insensates”, con la cadencia del bossa. Tus labios carnosos se desbordaron en mi boca. Nos bebimos a borbotones. Entendí lo que pasaba: ¿por qué me estás enamorando, Amadeo? Tú no eres para mí, ¿por qué me haces esto, Amadeo?

Me invitaste al sofá. Escuchamos canciones. Yo recostada en tu pecho. El tiempo ¿pasaba? Abrí tus piernas, bajé a tus pies. Soy tu esclava. Desde ahí te miré y te acaricié. Te escuché y te idolatré. Te vi brillar. Te hice crecer en mi boca. Ojos colmados, sonrisa amplia, cabello revuelto, camisa abierta, pecho pleno. Amadeo radiante. Hermoso Amadeo.

Me compartiste tus canciones. Tradujiste para mí del italiano tu himno de esperanza. Como a los dieciséis, esa noche estabas lleno de anhelo y luz. Brillabas por ti mismo y brillabas para mí. Maravilloso Amadeo. Qué regalo más bello, ¿por qué a mí, Amadeo? Yo sólo soy tu esclava.

Entonces el momento estelar: “Rayuela”. Capítulo 7. Piazzolla en el aire.

Intenso Amadeo. Magnífico. Mi hermoso Amadeo.

Me has pedido que ponga letras a esa noche, ¿y cómo diablos se describe esto? Descubrimiento. Excitación. Encuentro. Explosión ¿Amor? Luz. Mucha luz. Luz que salía de tus ojos y tu boca, de las líneas de Cortázar. Luz que llenaba la habitación. Todo brillaba. La noche se eclipsaba. Creciste en mi boca. Destellos que nos colmaban las almas. Comenzaba a faltarme el aire. Respiración agitada. Inhalo. Exhalo. Te sigo. Escucho. Gimo. Me excito. Reviento.

Yo poseída por Amadeo y Cortázar. Nuestro breve y poético ménage.

En un momento tus ojos se humedecen. ¡Llora, Amadeo! Suspiras profundamente: No estoy llorando.

(Y para mí qué queda, si yo sólo soy tu esclava, ni tú ya no eres el minero de mi cuerpo…)