martes, 27 de noviembre de 2007

Un día más




Los días que transcurrieron del Festival en su última etapa los pasé de salas de cine a museos y galerías de arte durante los horarios muertos. A veces tenía espacio para comer algo, a veces simplemente olvidaba que tenía que hacerlo.

Los Odeon West End tienen a sus espaldas la National Gallery, una de las colecciones de pintura más impresionantes de Europa. Así que me resultaba fácil y enriquecedor refugiarme allí cuando debía permanecer en el área, o bien pasarme por enésima vez a la Tate Gallery si es que debía estar en South Bank.

Como siempre, recorría la National Gallery a la inversa, comenzando por el siglo XIX para reencontrarme con Van Gogh, Cézanne, Toulouse-Lautrec, Seurat, Degas, Pissarro, Monet y Manet, entre todos los demás genios que coronaron su siglo para inspirar al siguiente. Luego me paseaba por otros siglos para ver a van Dyck, Murillo, Zurbarán, Botticelli, Tiziano, mi admirado Greco, Rembrandt y tantos maestros de los que es difícil separarse para continuar el plan del día en la ciudad más maravillosa del mundo.

Entre el lunes y el miércoles vi las que consideré las mejores películas que tuve oportunidad de degustar durante mi breve visita al LFF.

Desde la Argentina llegó “El otro” de Ariel Rotter. Sencilla e introspectiva, cuenta la historia de un hombre que en sus cuarentas aprovecha un viaje de trabajo a una ciudad del interior para fingir otras vidas como un escape de la propia que se complicaba entre la noticia de su próxima paternidad, las obligaciones con su padre senil y una experiencia cercana con la muerte.

En algún momento me vi reflejada en el personaje: salir del hábitat y perderse en sitios desconocidos, caminar sin rumbo por calles nuevas sin más pretensión que estar con uno mismo. Evadir la cotidianidad rodeado de gente diferente con la que apenas uno se roza al pedir un café o la cuenta. ¿Cuántas veces he cogido mi coche sin rumbo para terminar en un hotelito de Zacatecas, León o Morelia, o leyendo un libro en la plaza principal de San Luis de la Paz?¿cuántas calles he caminado sin conocimiento, rumbo ni compañía durante mis periodos de soledad y recogimiento?¿no era justo la necesidad de esa sensación que pocos no ven extraña la que me llevó hasta Londres en esos momentos?

Además estaban las imágenes del hijo adulto que cuida del padre que ya no se vale por sí mismo. Recordé las horas de angustia junto a mi madre por los diferentes hospitales donde atendieron su problema cerebro vascular. Asearla, alimentarla, darle ánimo desde un corazón que va perdiendo fuerza para seguir por sí mismo entre tanta agonía y además pretender levantar el suyo que no tiene más ganas de vivir. Este noviembre se cumplieron tres años de su accidente, o como dijo mi hermana, de que la perdimos. Ahora no cuidamos de ella, lo hacen en la casa donde la atienden. Sin embargo, todos los días duele con tan sólo pensarla.

Luego vinieron dos dramas adolescentes. El primero americano: una chica, Juno –quien da nombre a la película-, se embaraza a los 16 años. Determinada en seguir adelante con el embarazo para dar a su hijo en adopción, enfrenta a sus padres que apoyan su decisión y a una sociedad que se incomoda con la situación. En la búsqueda por los padres sustitutos perfectos, Juno encuentra a los convencionales Mark y Vanessa (Jason Bateman y Jennifer Garner), que incapaces de procrear luego de años de matrimonio reciben la propuesta con emoción. La empatía entre Juno y Mark lleva sin querer a la catarsis del matrimonio. Mientras tanto, Juno sigue encarando con su particular filosofía las reacciones de una sociedad semi conservadora ante su embarazo adolescente y el estado de contrariedad en que su novio se ve inmerso durante todo el filme.

La cinta de Jason Reitman resulta refrescante y altamente disfrutable sin llegar a ser una gran película. Ellen Page, quien se diera a conocer en “Hard Candy”, hace de Juno una delicia con su espontaneidad y clarividencia.

Por otro lado, el primer largometraje de la también guionista gala Céline Sciamma (quien estuvo presente durante la proyección para compartir su experiencia), se vale del kitsch del nado sincronizado para hacer de la alberca pública de un suburbio francés el centro de reunión, encuentros y desencuentros de avispadas adolescentes durante el verano.

Marie, Anne y Florian tienen 15 años. Anne está enamorada de François, quien sólo tiene ojos para Florian, mientras Marie está igualmente cautivada por Florian, lo que la lleva a despreciar su amistad con Anne.

“Water Lilies” refresca e incomoda con su inusual visión de la amistad, los enamoramientos y la crueldad casual adolescente de una sociedad tan liberal como la francesa. Erótica, perturbadora y a ratos entrañable, la recomiendo ampliamente.

Al salir de la proyección de “Juno”, la dama inglesa de la que antes he hablado detuvo a cada chica que encontró en el baño, hacía recolección de opiniones. Cualquier cosa que le dijéramos daba igual, ella sólo quería dejar claro su propio punto de vista. No le había parecido el final de la cinta, lo hubiera preferido más rosa –no fueron sus palabras pero sí mi deducción-. Días después la escuché interrogando a otros incautos sobre la misma película y expresando su opinión a los cuatro vientos.

Su actitud me sorprendió. Estaba en el Primer Mundo y me topaba con una mujer que pensaba que era mejor que una chiquilla de 16 años conservara un crío aún cuando la chica trataba de ser realista y justa pensando que lo mejor para el bebé era crecer en una familia madura y con capacidad económica. Yo no lo entendía, quise en algún momento darle mi punto de vista pero preferí callar, creo que mi desacuerdo tenía que ver más con mi propia opinión sobre la vida y sus diversas circunstancias que sobre la película en sí.

Una vez más me proyecté. Pensé en mi propio pasado, que aunque yo era unos años mayor que Juno cuando me embaracé por primera vez, también enfrenté una serie de situaciones tal vez similares. Es una larga y triste historia de la que tendré que hablar aquí porque de tan punzante no he terminado de purgar y creo que debo enfrentarla por escrito, no sólo en mi cabeza.

No atendí función esa noche porque había quedado en encontrarme con Leslie, así que me moví de Leicester Square a Westminister.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Paréntesis

“Yo a vos no te creo nada, cómo vos vas a creer en mí
universos de tierra y agua me alejan de vos”
Los Fabulosos Cadillacs (Calaveras y diablitos)


Ayer por la mañana, mientras lo preparaba para ir a la escuela, Emiliano me preguntó por qué Ernesto estuvo con nosotros de tiempo completo los primeros 3 días que pasamos en Cuba y luego no lo vimos. Me quedé helada, han pasado casi cuatro meses desde entonces, él nunca me lo había cuestionado. Le dije que tenía mucho trabajo, por eso nos había dejado solos.

Esa es una respuesta que todavía no tengo clara yo misma. Es un tema al que me he cansado de dar vueltas y hace más de un mes dejé por la paz. Cuando asumí (gracias a la instancia de mi querida Vero), que estaba atravesando una depresión y que requería asistencia médico, asumí también que era el momento de dejar el tema de lado, trabajar realmente en sanarme de ese y todos los conflictos añejos que se me vinieron encima de golpe, y retomarlo cuando estuviera lo suficientemente fuerte y lista para enfrentarlo con objetividad.

Por la tarde llevé a mi madre al médico. Hemos procurado seguir su caso en el IMSS, el neurólogo que la ve ahí es bueno, sin embargo ella se empeña en ver uno particular. Yo sabía que este médico era cubano y lo había visto de lejos, su consultorio está junto al de mi ginecólogo. Ayer fue la primera vez que lo vi a los ojos e interactué con él. Fueron momentos un tanto difíciles.

El doctor Recio es muy similar a Ernesto, no sólo por el acento y el origen. Éste tiene también ojos azules, aunque más claros que el otro, cabello muy recortado y escaso, nariz prominente. Sólo la estatura no la tienen en común, el médico es alto. Además hizo bromas todo el tiempo a Emiliano.

Mi madre, siempre víctima de su impulso por el chisme le dijo tal cual: “¿no le había comentado que ésta se me andaba casando con un cubano?” El médico rió. “Cuidado, los cubanos tenemos mucha labia”. Reí y le di la razón. Mi madre salió en la defensa del susodicho, “pues a mí éste me gustaba, era un buen hombre”. También le di la razón, “efectivamente, es un buen hombre pero su egocentrismo es muy alto como para casarnos”. El doctor explotó: “eso sí es normal en los cubanos”. Cambió el tema para seguir con la consulta. Lo agradecí.

El resto de la noche recuerdos y dudas se me movían en la cabeza. Me senté frente al televisor con Emiliano, tal vez viendo “Los padrinos mágicos” me despejaría.

Hace una semana recibí el último comunicado de Ernesto (resultado de una serie de mensajes que intercambiamos pero no comprendimos y de mi estúpido impulso por enviar el primero que lo detonó todo). Me acusó en éste de haber terminado nuestra historia por mi incapacidad para aceptar que no soy yo lo único en su vida, ya que él tiene que dedicarse a otras cosas. Vuelvo a la pregunta de Emiliano: ¿por qué desapareció en La Habana luego de habernos depositado cuatro días en Varadero sin consultármelo, luego de que tomamos dos aviones sólo para estar con él durante nuestras vacaciones? ¿Por qué las semanas de abandono previas al montaje de su exposición de septiembre, sin un correo, sin una llamada? ¿Por qué su total indiferencia ante mis mensajes de auxilio de meses y su insistencia en que sólo yo debía entenderlo a él? ¿Por qué no lo dejo de pensar?

No creo que las respuestas estén en mi incapacidad para compartirlo. Seguiré esperando a que vuelva mi objetividad.

No respondí su correo.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Domingo gris



Me propuse firmemente llegar muy a tiempo el domingo a la primera función para la prensa. La proyección era a las 10.15 am en Leicester Sq., tenía que redimirme por la falla del día anterior. Por otro lado, la cita era con “Angel” del mismísimo François Ozon ¡Dios salve al Maestro!

Me lo había recordado días antes pero como cada año lo olvidé: llegué al cine tan a tiempo como una hora antes; era domingo 28 de octubre, había que atrasar los relojes una noche antes.

No fui la única sorprendida. En la calle me topé con un grupo de personas en la misma situación, éste sufría una suerte de liderazgo a cargo de una mujer inglesa de unos 60 años. Se podría decir que ella resultó el “alma” de las funciones para acreditados. Lo primero: interrogar mi procedencia y gritarle a un peruano del grupo: Look! Una mexicana! Luego llamarme la atención por haber llegado al Festival una semana después de comenzado y dar mi versión del por qué de mi retraso. Como Dory de “Findig Nemo”, cambiaba de tema e interlocutor de un segundo a otro, a la vez que no te permitía marcharte de su lado. Era tan desesperante como simpática. Durante los días que siguieron de Festival te detenía en los pasillos de las cines para averiguar qué habías visto y qué te había parecido, yo aprovechaba para hacer lo mismo con ella –el día que la conocí confesó haber visto al menos 30 películas hasta esa mañana-, y así depurar mi lista de películas a revisar. Ella y el peruano me habían pasado tips para conseguir boletos sinolos había logrado por medio del Delegate Centre.

Aproveché el tiempo muerto para ir por un café, el peruano se apuntó a acompañarme y sugirió/decidió ir a un McDonald´s (horror). Pedí café y un bagel, él me hizo segunda. Hablamos una media hora. Me contó sobre el Perú próspero de los 80, cuando tenía capacidad de mantener vivo y recibir regalías de un centro cultural de su propiedad. Ahora vivía en Londres con su mujer y escribía sobre cine para una revista alemana dedicada al público de habla hispana.

Volvimos a los Odeon West End y cada quien se dirigió a su sala, él degustaría una animación francesa de nombre “Persepolis” (yo me quedé con ganas de verla), y yo acudiría a mi cita con François Ozon.

A principio de este año hice la presentación de una película de él en un ciclo de cine francés en DVD auspiciado por el Cine Club de la UASLP y la Alianza Francesa. Era la cinta que abría el ciclo, así que compartí micrófono con Coco, Coordinadora del Cine Club, y Daniel, Director de la Alianza. Me emocionaba el momento, primero porque es un foro que este año celebró 10 de vida y del que me puedo decir orgullosamente fundadora. Segundo, porque era la primera vez que hablaba del trabajo de Ozon, a quien reconozco como mi “chanoc”.

Aquel día dije que me pasaba algo muy particular con las cintas de Ozon. Algunas me provocan emociones fuertes en el momento de verlas, como “Swimming Pool” o “Bajo la arena”. Otras me dejan pensando y es con el paso de las horas y hasta los días que voy cayendo en cuenta de los mensajes del director, entonces se me van moviendo cosas dentro, como en “5x2” y “8 mujeres”, y que con el tiempo voy sientiendo calambritos en el corazón y exclamar una suerte de ¡auch! interno.

Reconozco en Ozon la diversidad en todos los sentidos. Es también versátil y poético. Tan amargo y severo como dulce y paternal. Sabe captar todo el amor del mundo en una breve secuencia, así como, lo peor de la naturaleza humana en tan sólo una imagen. Me encanta.

Sin embargo, debo decir que desconocí a mi “chanoc” en su último trabajo. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XX, “Angel” cuenta la historia de una chica bellísima de un pueblo cercano a Londres. Angel tiene un don muy particular: a pesar de ser corta de edad y cultura, su capacidad narrativa es impresionante. A parir de que un editor, interpretado por Sam Neil, la descubre, Angel captura al público inglés con novelas románticas arrebatadas y altamente descriptivas. Comienza entonces una vida de excesos, amor, desamor, caprichos y opulencia.

En general la cinta resulta una amalgama de todos los elementos característicos del cine de Ozon. Vale la pena revisarse. Sin embargo, no me he quedado con un buen sabor de boca al final del banquete. Como dije, a veces es después de horas o días que voy teniendo una charla íntima con el director galo, entonces quise otorgarle el beneficio de la duda esperando que “Angel” trabajara dentro de mí hasta causarme las reacciones necesarias. Esto nunca sucedió, ya porque era un trabajo diferente, ya porque no estuve en la mejor disposición de escucharle dado mi estado de ánimo de los últimos tiempos, ya porque vi tantas películas esos días que tal vez perdí el mensaje de Ozon en el camino.

Triste, salí de la sala y solicité boletos para lo que hubiera disponibilidad hacia las primeras horas de la tarde. Lo siguiente fue “Honeydripper”, dirigida por John Sayles. Ésta es una tragicomedia-musical ubicada en una comunidad negra del Alabama de los 50. Lleva en la cabeza del reparto a Danny Glover, quien posee un bar –del que la película toma el nombre-, que procura difundir música negra y que se cae poco a poco.

“Honeydripper” es un homenaje a la comunidad negra, su música y su temprana incursión en un "género de blancos”: el rock´n roll. Una historia para pasar un buen rato sin mayor pretensión. Tal vez lo que más disfruté fue ver reflejada la lectura que esos días me acompañaba, “Matar un risueñor”, ya que se ubica en un pueblo del mismo Alabama donde se debaten negros y blancos, pero dos décadas previas. El novel actor Gary Clark Jr. estuvo en la sala al final de la proyección para compartir experiencias sobre la filmación.

Esa tarde volví a casa temprano luego de pasearme un rato por Convent Garden. Hablando del clima, ese domingo fue el día menos favorable durante mi estancia: estuvo nublado y frío, a ratos con agua y viento. Tim me había invitado a cenar con él, su madre y Edmund. Esa mañana había viajado al campo para recoger a Mrs. Blackstone, a quien llevaría un par de días después a las Baleares donde ella tiene una casa, para que pasara el invierno.

Desde que conozco a los Blackstone, la señora va y viene a España constantemente, como hacen muchos ancianos del norte de Europa que buscan un rincón más cálido bajo el sol. En los 90 y todavía hace cinco años, la mujer se valía por sí misma y viajaba sola. Ella tiene ahora 92 años, por tanto, Tim tiene que acompañarle y hacer de tripas corazón para tolerar las mañas de senectud de su madre, como él mismo lo dice.

Tim cocinó, es bueno en la cocina. Cenamos los cuatro en casa al calor de un vino tinto y los calentadores de gas (al máximo como lo quería Mrs. Blackstone). Luego me invitaron a ver la tele, no me negué por cortesía. Pasaban “Grandes esperanzas” en versión de Alfonso Cuarón. La vimos hasta el final, entonces me despedí. Más tarde Tim bajó a mi cuarto para conversar y de paso ver si le redituaría su hospitalidad ¡Hombres! Ante mi frialdad se marchó apenado. Cerré la puerta y entré en shock, odio verme en esa situación. Un minuto después llamaron a mi puerta. Pensé que sería él de nuevo, sin embargo, era el chico escocés al que le alquilan una habitación, recién lo había conocido en el cuarto de TV. Fue a ponerse a mis órdenes, dijo que si quería podíamos ir al pub de la vuelta con los otros chicos (Edmund y Alberto, un español que también renta un cuarto en la casa), a tomar cerveza alguna noche. Me causó ternura. Le agradecí y me sentí mejor. Me metí en la cama y pasé otra noche sin descanso.

martes, 13 de noviembre de 2007

Norteada en Londres


Segundo día en Londres. A pesar del cambio de horario y el dolor de espalda producto del viaje y el acarreo de maletas, logré dejar la cama temprano para ir a la función de prensa de las 10am en Leicester Square. Corrí al metro y llegué poco pasada de diez minutos de la hora de la función al cine Odeon.

Todo resultaba muy raro, a pesar de ser mi primer día en el Festival y no conocer su dinámica, algo me parecía no estar bien. Entré a la sala al mismo tiempo que varios ancianos, ellas muy maquilladas y envueltas en pieles y abrigos finos, ellos en traje y cashmire. El foro era majestuoso y el resto de los espectadores estaban en el mismo patrón que mis compañeros de acceso.

Como los “cines de antes”, era una sala de dos plantas. Los asientos estaban tapizados en terciopelo de leopardo. Los muros estaban recubiertos con telas azul eléctrico y púrpura. En ambos costados de la sala había relieves de figuras humanas en dorado sosteniendo trompetas que parecían dispuestas a celebrar lo que fuera a suceder en el escenario. Éste cubría de lado a lado el espacio, tenía elegantes cortinas escarlata que coordinadas con el bambalinón enmarcaban la pantalla. Sobre ésta se proyectaba un documental en 16mm, por el contenido y las imágenes pude notar que era realizado en los 80.

Luego de unos minutos de no entender por qué se proyectaba eso y mientras seguía viendo entrar “english ladies and gentlemen” de edad avanzada, deduje que me había equivocado de sala y evento, esa no podía ser la proyección para la prensa y los invitados del Festival. Terminó el documental y dada la permanencia de la audiencia (que seguro sí sabía lo que venía después), decidí quedarme y dejarme sorprender.

Una pareja joven con una niña se sentó delante de mí, ya no me sentía “tan” fuera de lugar entre tanta gente mayor. De pronto se escuchó música de órgano y, poco a poco, emergió del escenario un aparato grande y luminoso manipulado por un hombre robusto. La audiencia estalló en aplausos. Esa semana se celebraba el 70 aniversario del cine Odeon Leicester Square y parte de la conmemoración era el concierto de ese fabuloso órgano de tres teclados que cambiaba de colores cíclicamente con unas luces interiores que lo hacían espectacular. Tomé un par de fotos con el celular. El cierre de festejos coincidía con la noche de gala del Festival de Cine el 2 de noviembre, para la que obviamente no conseguí boletos.

Disfruté un rato del concierto y decidí moverme a investigar mi situación: como dije, estaba en el Odeon Leicester Square cuando debí entrar a los Odeon West End, en otro extremo de la misma plaza. De pronto me sentí ridícula al recordar que había entrado en el cine mostrando mi acreditación del Festival con orgullo ante la cara de extrañeza de la boletera que me daba la bienvenida.

Esa tarde me reuní con Alberto. Potosino atípico y antiguo compañero de postgrado. Habíamos estado intercambiado correos las últimas semanas. Es la segunda vez que estando él estudiando en Londres, yo voy para allá y le llevo “encarguitos”. Acordamos vernos en South Bank, donde yo ya me ubicaba; yo quise aprovechar el tiempo muerto y la cercanía para ir a casa a descansar unos minutos y recoger las cosas que le había llevado (dos vasos de mole “Doña María” y un tequila). Ese día mi distracción llegaba a un límite tal que no sólo perdí toda concentración, sino el rumbo. Caminé “fiel” a mi sentido de orientación sin haberme percatado que ese día en particular no lo llevaba conmigo. Anduve en círculos como una tonta en las zonas de Waterloo y Southwark, seguramente me interné en Borough pero nunca me percaté de eso. Estaba perdida a pesar de tener mapa en mano. Luego de mucho tiempo di con una calle amplia y una parada de autobús que al fin indicaba una ruta que pasaba por el Waterloo Bridge, por lo tanto South Bank.

Una vez en mi destino, esperé por Alberto sentada en una bardita. Nos saludamos con gusto, pero con frialdad potosina. Caminamos hacia el Hangerford Bridge y bordeamos Charing Cross Station rumbo a un pub muy particular sobre Villiers Street. Éste es uno de los más antiguos de la ciudad y resulta ser una suerte de cueva, donde por cierto me di un golpe en la cabeza por la poca altura y mi falta de cálculo. Ordenamos vino tinto, aceitunas, humus y brie con pan. Hablamos un par de horas sentados en la escalera de acceso de una casa cerca del pub porque éste estaba lleno. Para la segunda copa de vino conseguimos sitio adentro del pub junto a la barra.

Alberto es un tipo muy agradable e inteligente. Me hizo bien hablar con él, no sólo por el desahogo que pude tener, sino porque siempre es satisfactorio hablar con alguien inteligente, más cuando se han pasado semanas ensimismada y agobiada. Le expliqué que el motivo principal de mi viaje era encontrar el espacio de paz mental que me daba Londres para comenzar mi reconstrucción interna. Creo que superamos barreras de protocolo de ser sólo “cuates” para llamarnos ya amigos.

A las 8.30 había quedado con Leslie en Leicester Square, así que caminamos hasta allá. Como de costumbre llegó tarde, nunca la puntualidad ha sido una de sus características. Se veía muy guapa, alta y sonriente como siempre. Iba acompañada de Mauricio, una visita de Barcelona que luego de horas de charla entendí que era argentino y no español, tiene un acento engañoso además de ser un tipo encantador. Alberto se había cortado antes de internarnos en el Soho y establecernos en una pastelería.

Fue refrescante y maravilloso reunirme con mi Leslie a pesar de no haber profundizado demasiado en nuestras vidas, el encuentro fue un tanto superficial tal vez por la presencia de Mauricio. Sólo tomamos café y pastel, nos despedimos y quedamos en encontrarnos dos días más tarde.

Tomé el metro de regreso a casa cerca de la media noche.

jueves, 8 de noviembre de 2007

De nuevo en casa

"I don´t drink coffee, I take tea, my dear"
Sting (English Man in New York)

¿Se puede tener claridad mental, oxigenar el cerebro, caminar como flotando sobre piedras centenarias, poblar la mente de recuerdos y encontrar esquinas perdidas de antaño que con el mero instinto se recuperan palpándolas u oliéndolas?

Eso me sucede en Londres.

Llegar a la terminal del metro en el aeropuerto de Heathrow luego de haber convencido al agente de migración que (desgraciadamente) no llegué para quedarme. Hacer fila para comprar el boleto del metro como si lo hubiera hecho también ayer, como si lo hiciera todos los días. Eso tiene Londres. Esa sensación de haber estado allí siempre. Ese aire que colma los pulmones, frío y húmedo, que no puede más que llenar de libertad.

Era temprano por la mañana y el vagón comenzaba a poblarse de gente que iba al trabajo y se incomodaba con mis tremendas maletas. Fui reconociendo los sonidos y los aromas, las estaciones que íbamos superando para acercarnos al centro. Hammersmith, Gloucester Road, Knightsbridge… estaba en casa. Bajé en Green Park para cambiar de la Piccadilly Line a la Jubilee y buscarme un taxi una vez llegando a Southwark, lo más cerca y práctico de 1 Merrick Sq., en Borough, la casa de los Blackstone.

Por fin tomé el ascensor que me sacaría de la última estación del metro y me llevaría a la superficie. Por fin pisaría suelo londinense. De pronto me encontré riendo como una tonta mientras subía y hasta que se abrieron las puertas metálicas. Arrastré mis maletas y las saqué de la estación con dificultad. Pisé la calle y ahí estaba: el aire frío y húmedo de Londres esperando para llenarme los pulmones. Sin perder la sonrisa de boba, caminé unos metros en busca de un taxi, como la calle estaba en obra tardé un rato en encontrar uno. Le mostré al chofer el plano de las calles hacia donde me dirigía, por primera vez en esos deliciosos 10 días recibiría un “dear” con ese acento londinense que tanto disfruto.

Más calles cerradas, tuve que bajar en la esquina y arrastrar el equipaje hasta la casa. Y ahí estaba Timothy Blackstone respondiendo al llamado del timbre. Su habitual cabello rubio y lacio aún sin canas y peinado de lado. Sus medianos ojos azules detrás de las gafas de siempre. Hello Carla! Dos besos, un abrazo y me interné en la vieja casa de tres pisos hacia arriba y su basement. Aroma a muebles viejos, alfombra desgastada y té negro con leche: olor a hogar.

Lo primero: a cup of tea, of course. Un par de gritos y la escalera de madera rechinó hasta que apareció Edmund. Hi Carla! No me lo podía creer, lo dejé pequeño y de 4 años, hace cinco lo encontré todavía bajito y de 12. Hoy es un chico bien desarrollado, hermosísimo y de modales refinados. Contengo las lágrimas. Fui su niñera por casi un año, él no me recuerda realmente, pero yo con él desarrollé un instinto maternal que ahora practico en mi Emiliano.

Tim me dio indicaciones sobre mi habitación –me tocó la de Hector, mi otro niño, que está en el sótano junto a la cocina-, la casa y la zona. No quería irse al trabajo hasta dejarme bien instalada y yo moría por estar sola y tomar un baño. Le repetí varias veces que no se preocupara, que estaría bien, que me manejo perfecto en la ciudad.

Luego de instalarme y ya pasado el medio día caminé hacia South Bank, sin recordar el sendero preciso me guié por mi sentido de orientación y caminé por unos 10 minutos hasta llegar a la orilla del Támesis. Seguí por el borde pasando por la Tate Modern, el puente de Blackfriars, la Oxo Tower, por fin el Nacional Theatre y bajo el Waterloo Bridge, el National Film Theatre o BFI South Bank –Museo de la Imagen Movible, en mi etapa temprana en Londres, a principio de los 90-.

Me acredité con Honnie Tang en el Delegate Centre del Festival. Ella me entregó un programa y me dijo que seleccionara las cintas que deseaba ver para luego ella revisar disponibilidad de boletos. ¡Uf! Eran decenas, había que elegir horarios y títulos, hacer una programación personal y esperar correr con suerte, me llevó un par de horas de la tarde.

Cansada por el viaje y el cambio de horario volví caminando por la orilla del río y me nació internarme en la Tate Modern. Entonces recordé que no había comido desde el último refrigerio que recibí en el avión y decidí quedarme un rato en la cafetería acompañada de Harper Lee y su "Matar un ruiseñor" que ya llevaba muy avanzado. Terminé de comer y subí a las salas para maravillarme y enamorarme por enésima vez de su acervo. Presentaban una expo titulada "Dreams and Poetry", que iba del surrealismo a los últimos alucines del arte actual. Preciosa. Lo mejor: ver piezas de Francis Bacon sin tener que cruzar la ciudad hasta la Tate Britain.

No daba más, volví a casa.

Chano



El motor de mi vida. Emiliano, mi Chano, que es lindo, lindo.

El inicio

Cuesta trabajo asumir los defectos propios, hacer autocrítica, reconocerse y aceptarse. Sumirse en un viaje introspectivo y enfrentarse a uno mismo aceptando que se es como se es y que sólo de uno depende permanecer/cambiar/seguir/detenerse/sobrevivir o morir.
Siempre me he considerado tibia y mediocre al no darme el tiempo para sentarme en serio y periódicamente ante un máquina o un libreta para vaciarme en letras. El terror a la hoja en blanco convertida en el espejo de mi propio ser interno me dominaba.
No tengo mala pluma, aunque me falta mucho para de menos aspirar a una publicación (a no ser que me pidan colaboraciones en revistas o periódicos culturales que, cabe mencionar, nunca me han generado lucro).
Soy atormentada por naturaleza, dura por instinto y mártir por vocación (esto último me lo dijo hace tiempo mi querido Paco Márquez). La vida me ha golpeado y mucho, sí, pero también recurro a tirarme al drama. Me he levantado de cada madrazo, mal que bien, pero los he venido sobreviviendo a la vez que arrastrando por años.
Hoy, a mis casi 34 años he recibido un golpe del que no puedo terminar de levantarme. Me rompieron el corazón en más de mil pedazos. Y entre dolor, coraje, dudas y angustia me debato desde hace meses tratando de encontrar una respuesta a mi malestar general que me ha arrastrado hasta al médico y los antidepresivos. Me he alejado de cierta gente, de olores, colores, sitios, canciones y hasta rutas que me recuerdan el dolor de los últimos meses y dolores añejos que, contrario a mis creencias, no he purgado del todo.
Una chica encantadora, Amanda, que conozco por teléfono e Internet, con quien comparto asuntos de trabajo y sobretodo una arrebatada pasión por el cine, me sugirió un día que hablábamos por Chat que intentara escribir y que iniciara un blog. Yo le decía que ya me lo había pensado y que debía tomar su sugerencia como una señal para hacerlo. Ella también inició el suyo luego que le rompieron el corazón.
Debí iniciar éste días antes de partir a Londres para seguirlo allá día con día según se acumulaban experiencias en la ciudad más maravillosa del mundo. La falta de ánimo que he venido padeciendo y los acontecimientos previos a mi partida (como la muerte del padre de mi amiga Maricarmen), me perturbaron (negaron), para iniciar mi vaciado.
Intentaré pues, en este espacio, plasmar mis sentimientos y vivencias, tomarlo como una suerte de terapia/desahogo. Incluiré también algunas piezas “literarias” de mi propia cosecha y, por qué no, piezas de otros que me han inspirado para definirme o (des)construirme en mi paso por la vida.
Procuraré recuperar ideas que me asaltaron durante los paseos por Londres, que fueron muchas. Hablar de las cintas que allá revisé, así como, fragmentos de mi propia vida que han quedado sin ser escritas y creo necesarias vaciar.
Dejo entonces ir estas primeras líneas al ciberespacio, esperando que me ayuden a reconstruirme y que si alguien las lee en cualquier momento me ayude con críticas constructivas.