viernes, 16 de noviembre de 2007

Domingo gris



Me propuse firmemente llegar muy a tiempo el domingo a la primera función para la prensa. La proyección era a las 10.15 am en Leicester Sq., tenía que redimirme por la falla del día anterior. Por otro lado, la cita era con “Angel” del mismísimo François Ozon ¡Dios salve al Maestro!

Me lo había recordado días antes pero como cada año lo olvidé: llegué al cine tan a tiempo como una hora antes; era domingo 28 de octubre, había que atrasar los relojes una noche antes.

No fui la única sorprendida. En la calle me topé con un grupo de personas en la misma situación, éste sufría una suerte de liderazgo a cargo de una mujer inglesa de unos 60 años. Se podría decir que ella resultó el “alma” de las funciones para acreditados. Lo primero: interrogar mi procedencia y gritarle a un peruano del grupo: Look! Una mexicana! Luego llamarme la atención por haber llegado al Festival una semana después de comenzado y dar mi versión del por qué de mi retraso. Como Dory de “Findig Nemo”, cambiaba de tema e interlocutor de un segundo a otro, a la vez que no te permitía marcharte de su lado. Era tan desesperante como simpática. Durante los días que siguieron de Festival te detenía en los pasillos de las cines para averiguar qué habías visto y qué te había parecido, yo aprovechaba para hacer lo mismo con ella –el día que la conocí confesó haber visto al menos 30 películas hasta esa mañana-, y así depurar mi lista de películas a revisar. Ella y el peruano me habían pasado tips para conseguir boletos sinolos había logrado por medio del Delegate Centre.

Aproveché el tiempo muerto para ir por un café, el peruano se apuntó a acompañarme y sugirió/decidió ir a un McDonald´s (horror). Pedí café y un bagel, él me hizo segunda. Hablamos una media hora. Me contó sobre el Perú próspero de los 80, cuando tenía capacidad de mantener vivo y recibir regalías de un centro cultural de su propiedad. Ahora vivía en Londres con su mujer y escribía sobre cine para una revista alemana dedicada al público de habla hispana.

Volvimos a los Odeon West End y cada quien se dirigió a su sala, él degustaría una animación francesa de nombre “Persepolis” (yo me quedé con ganas de verla), y yo acudiría a mi cita con François Ozon.

A principio de este año hice la presentación de una película de él en un ciclo de cine francés en DVD auspiciado por el Cine Club de la UASLP y la Alianza Francesa. Era la cinta que abría el ciclo, así que compartí micrófono con Coco, Coordinadora del Cine Club, y Daniel, Director de la Alianza. Me emocionaba el momento, primero porque es un foro que este año celebró 10 de vida y del que me puedo decir orgullosamente fundadora. Segundo, porque era la primera vez que hablaba del trabajo de Ozon, a quien reconozco como mi “chanoc”.

Aquel día dije que me pasaba algo muy particular con las cintas de Ozon. Algunas me provocan emociones fuertes en el momento de verlas, como “Swimming Pool” o “Bajo la arena”. Otras me dejan pensando y es con el paso de las horas y hasta los días que voy cayendo en cuenta de los mensajes del director, entonces se me van moviendo cosas dentro, como en “5x2” y “8 mujeres”, y que con el tiempo voy sientiendo calambritos en el corazón y exclamar una suerte de ¡auch! interno.

Reconozco en Ozon la diversidad en todos los sentidos. Es también versátil y poético. Tan amargo y severo como dulce y paternal. Sabe captar todo el amor del mundo en una breve secuencia, así como, lo peor de la naturaleza humana en tan sólo una imagen. Me encanta.

Sin embargo, debo decir que desconocí a mi “chanoc” en su último trabajo. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XX, “Angel” cuenta la historia de una chica bellísima de un pueblo cercano a Londres. Angel tiene un don muy particular: a pesar de ser corta de edad y cultura, su capacidad narrativa es impresionante. A parir de que un editor, interpretado por Sam Neil, la descubre, Angel captura al público inglés con novelas románticas arrebatadas y altamente descriptivas. Comienza entonces una vida de excesos, amor, desamor, caprichos y opulencia.

En general la cinta resulta una amalgama de todos los elementos característicos del cine de Ozon. Vale la pena revisarse. Sin embargo, no me he quedado con un buen sabor de boca al final del banquete. Como dije, a veces es después de horas o días que voy teniendo una charla íntima con el director galo, entonces quise otorgarle el beneficio de la duda esperando que “Angel” trabajara dentro de mí hasta causarme las reacciones necesarias. Esto nunca sucedió, ya porque era un trabajo diferente, ya porque no estuve en la mejor disposición de escucharle dado mi estado de ánimo de los últimos tiempos, ya porque vi tantas películas esos días que tal vez perdí el mensaje de Ozon en el camino.

Triste, salí de la sala y solicité boletos para lo que hubiera disponibilidad hacia las primeras horas de la tarde. Lo siguiente fue “Honeydripper”, dirigida por John Sayles. Ésta es una tragicomedia-musical ubicada en una comunidad negra del Alabama de los 50. Lleva en la cabeza del reparto a Danny Glover, quien posee un bar –del que la película toma el nombre-, que procura difundir música negra y que se cae poco a poco.

“Honeydripper” es un homenaje a la comunidad negra, su música y su temprana incursión en un "género de blancos”: el rock´n roll. Una historia para pasar un buen rato sin mayor pretensión. Tal vez lo que más disfruté fue ver reflejada la lectura que esos días me acompañaba, “Matar un risueñor”, ya que se ubica en un pueblo del mismo Alabama donde se debaten negros y blancos, pero dos décadas previas. El novel actor Gary Clark Jr. estuvo en la sala al final de la proyección para compartir experiencias sobre la filmación.

Esa tarde volví a casa temprano luego de pasearme un rato por Convent Garden. Hablando del clima, ese domingo fue el día menos favorable durante mi estancia: estuvo nublado y frío, a ratos con agua y viento. Tim me había invitado a cenar con él, su madre y Edmund. Esa mañana había viajado al campo para recoger a Mrs. Blackstone, a quien llevaría un par de días después a las Baleares donde ella tiene una casa, para que pasara el invierno.

Desde que conozco a los Blackstone, la señora va y viene a España constantemente, como hacen muchos ancianos del norte de Europa que buscan un rincón más cálido bajo el sol. En los 90 y todavía hace cinco años, la mujer se valía por sí misma y viajaba sola. Ella tiene ahora 92 años, por tanto, Tim tiene que acompañarle y hacer de tripas corazón para tolerar las mañas de senectud de su madre, como él mismo lo dice.

Tim cocinó, es bueno en la cocina. Cenamos los cuatro en casa al calor de un vino tinto y los calentadores de gas (al máximo como lo quería Mrs. Blackstone). Luego me invitaron a ver la tele, no me negué por cortesía. Pasaban “Grandes esperanzas” en versión de Alfonso Cuarón. La vimos hasta el final, entonces me despedí. Más tarde Tim bajó a mi cuarto para conversar y de paso ver si le redituaría su hospitalidad ¡Hombres! Ante mi frialdad se marchó apenado. Cerré la puerta y entré en shock, odio verme en esa situación. Un minuto después llamaron a mi puerta. Pensé que sería él de nuevo, sin embargo, era el chico escocés al que le alquilan una habitación, recién lo había conocido en el cuarto de TV. Fue a ponerse a mis órdenes, dijo que si quería podíamos ir al pub de la vuelta con los otros chicos (Edmund y Alberto, un español que también renta un cuarto en la casa), a tomar cerveza alguna noche. Me causó ternura. Le agradecí y me sentí mejor. Me metí en la cama y pasé otra noche sin descanso.

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