Él fue mi proyección, mi escape, mi sueño fallido, mi falso enamoramiento… mi catarsis. Hoy, como hace siete años y un mes la cabeza me estalla por el miedo y las dudas. La presión en casa entonces fue tanta que en el último correo le dije: ¿qué no entiendes que no dejo de pensar en ti? Hubo silencio, vino una disculpa y se retiró. Pensé que sería para siempre…
El verano pasado la vida nos hizo coincidir en un punto geográfico intermedio y neutral. La noche era cálida, matizada por un fresco viento de Sierra. El acceso al teatro se llenaba de gente desesperada por la impuntualidad del evento. Sabía que estaba en la ciudad, sabía que era muy probable que nos topáramos esa noche. Me había hecho a la idea de que le vería y sería mi oportunidad para encarar ese “fantasma” y cerrar esa puerta.
Mi amiga me avisó que él había llegado. Lo vi a lo lejos. Me temblaron las piernas. El corazón alborotado. Respiré profundamente una y otra vez. Pedí al cerebro que ordenara a las piernas que hicieran el primer movimiento hacia el encuentro, una y otra vez… Por fin logré dar un paso… otro… y otro. Me detuve detrás de él. Mi amiga sonrió cómplice y se hizo a un lado. Le llamé por su nombre.
Viró, me miró con duda. Luego sus ojos se abrieron amplios y dijo con asombro mi nombre. Nos dimos un abrazo al tiempo que forzaba las piernas para mantenerme de pie. Hablamos por un momento, procuré articular con orden y coherencia. Luego alguien le llamó, él saludó y me ignoró. Me hice a un lado y emprendí la huída. Lo había logrado. Por fin había cerrado la puerta… pensé también que sería para siempre.
Recuerdo que hace siete años y un mes no tenía Internet particular ni en la oficina. Recuerdo cuando me escapaba del trabajo para internarme en un café-net. Cuando la presión en casa iba aumentando y no me atrevía a dejar mi escritorio en busca de sus líneas. Cuando Argelia abría mi correo desde su trabajo para leerme lo que él había escrito y decirle a ella qué escribir por mí. Cuando tenía miedo. Cuando hubiera sido capaz de dejarlo todo si él me hubiera invitado a seguirlo. Sólo me bastaba un guiño.
Hoy, luego de siete años y un mes la puerta se abrió y el aire entró por ella, tibio y envolvente. Prometedor y salvaje. Me acarició, me excitó, me quiso seducir. Tuve miedo. Tengo miedo.
A giro de tuerca la vida me hace una punzante jugada. Hoy yo estoy lista para tener una relación madura, a pesar del rompimiento de corazón del que me acabo de levantar. Él está con alguien. Hoy me ha pedido que le tome de la mano, o más bien, pide la mía para caminar. Pero no tenemos rumbo, esto no es posible hoy ¿Puede esta historia ser más triste?¿puede el momento ser más irónico?
Estoy jodida.
Hasta siempre, mi amor quimérico… siempre...
... ¿y cómo volver a cerrar la puerta, dime?...
