miércoles, 30 de abril de 2008

¿Memoria del cuerpo? ¿fantasías añejas? Somos un par de títeres...

Y aquí estoy de nuevo, como hace siete años y un mes, atada a la computadora, sufriendo por la falta de red, presa de la ansiedad y en espera de sus correos. Sólo que la historia se invierte. Hoy yo estoy libre, él no.
Él fue mi proyección, mi escape, mi sueño fallido, mi falso enamoramiento… mi catarsis. Hoy, como hace siete años y un mes la cabeza me estalla por el miedo y las dudas. La presión en casa entonces fue tanta que en el último correo le dije: ¿qué no entiendes que no dejo de pensar en ti? Hubo silencio, vino una disculpa y se retiró. Pensé que sería para siempre…
El verano pasado la vida nos hizo coincidir en un punto geográfico intermedio y neutral. La noche era cálida, matizada por un fresco viento de Sierra. El acceso al teatro se llenaba de gente desesperada por la impuntualidad del evento. Sabía que estaba en la ciudad, sabía que era muy probable que nos topáramos esa noche. Me había hecho a la idea de que le vería y sería mi oportunidad para encarar ese “fantasma” y cerrar esa puerta.
Mi amiga me avisó que él había llegado. Lo vi a lo lejos. Me temblaron las piernas. El corazón alborotado. Respiré profundamente una y otra vez. Pedí al cerebro que ordenara a las piernas que hicieran el primer movimiento hacia el encuentro, una y otra vez… Por fin logré dar un paso… otro… y otro. Me detuve detrás de él. Mi amiga sonrió cómplice y se hizo a un lado. Le llamé por su nombre.
Viró, me miró con duda. Luego sus ojos se abrieron amplios y dijo con asombro mi nombre. Nos dimos un abrazo al tiempo que forzaba las piernas para mantenerme de pie. Hablamos por un momento, procuré articular con orden y coherencia. Luego alguien le llamó, él saludó y me ignoró. Me hice a un lado y emprendí la huída. Lo había logrado. Por fin había cerrado la puerta… pensé también que sería para siempre.
Recuerdo que hace siete años y un mes no tenía Internet particular ni en la oficina. Recuerdo cuando me escapaba del trabajo para internarme en un café-net. Cuando la presión en casa iba aumentando y no me atrevía a dejar mi escritorio en busca de sus líneas. Cuando Argelia abría mi correo desde su trabajo para leerme lo que él había escrito y decirle a ella qué escribir por mí. Cuando tenía miedo. Cuando hubiera sido capaz de dejarlo todo si él me hubiera invitado a seguirlo. Sólo me bastaba un guiño.
Hoy, luego de siete años y un mes la puerta se abrió y el aire entró por ella, tibio y envolvente. Prometedor y salvaje. Me acarició, me excitó, me quiso seducir. Tuve miedo. Tengo miedo.
A giro de tuerca la vida me hace una punzante jugada. Hoy yo estoy lista para tener una relación madura, a pesar del rompimiento de corazón del que me acabo de levantar. Él está con alguien. Hoy me ha pedido que le tome de la mano, o más bien, pide la mía para caminar. Pero no tenemos rumbo, esto no es posible hoy ¿Puede esta historia ser más triste?¿puede el momento ser más irónico?
Estoy jodida.
Hasta siempre, mi amor quimérico… siempre...

... ¿y cómo volver a cerrar la puerta, dime?...

viernes, 25 de abril de 2008

Reencuentro personal (primera parte)



Luego de años acostumbrada a tres periodos vacacionales de cuando menos dos semanas al año, además de todos los puentes posibles e inventados para no trabajar cuando estaba en la UASLP, la historia se torna triste si se piensa en eso al trabajar para el Gobierno en un puesto de confianza. Los puentes no se nos otorgan al menos que sean los de “ley ley”, sólo gozamos de una semana en el verano, otra en invierno y dos días en la Semana Santa. Así que con mucho, pero mucho tiempo antes me voy inventando qué haré para la siguiente escapada.
Los pasados “días santos” se aproximaban y yo no había definido qué hacer. Una semana antes me topé con Miguel Angel, amigo entrañable y actual responsable del Centro Cultural de Real de Catorce, me invitó a visitarlo y yo, que soy bien conocida por ser muy literal, le tomé la palabra.
Unos días antes mi amiguito/hijo adoptivo cubano, José Antonio (Jochy), confirmó que por primera vez luego de un año de conocernos nos visitaría en San Luis. La Semana Santa llegó con unos días extras de asueto y un viento azotador. El viento aminoró y Jochy llegó.
Hicimos un poco de desidia, Jochy quería conocer un poco más la ciudad, así que tomamos un día y medio de los que pasaríamos en Real de Catorce para quedarnos a pasear y torear el turismo religioso que cada año satura mi ciudad y de pasada mi barrio. El viernes santo, luego de desayunar gorditas y quesadillas de flor de calabaza y haber subido la Presa de San José, decidimos dejar San Luis atrás para internarnos en el Desierto de Catorce, subir su sierra, cruzar el Túnel de Ogarrio y entregarnos de lleno al Real.
Antes que cayera el sol del viernes de Dolores estacionamos el coche en las inmediaciones de Ogarrio, ya que por ser semana mayor se restringe la entrada de vehículos al pueblo, subimos a un carretón que conducirían un par de lugareños alcholizados con Tecate, esperamos a que un grupo de chicos “regios” llenara el resto del vehículo y cruzamos el túnel. Emiliano y yo con la misma emoción de siempre. Jochy expectante, maravillado, como todo primerizo en Real.
A mitad de camino uno de los conductores perdió el control de sí mismo, al parecer cabeceó presa de su embriaguez, y cayó del carretón. Para su suerte, el trasero del caballo desnutrido que nos jalaba le salvó de caer al piso de piedra y, por ende, de que le pasáramos encima.
Al término de los casi 2.5 km de túnel, el Real comenzaba a ser cubierto por el manto de la noche y el viento frío de cantera y sierra nos recibía.