jueves, 27 de diciembre de 2007

Diciembre complicado


Va a cumplirse un mes sin que haya escrito para el blog. Desidia. Apatía. Flojera. O más bien un poco de miedo de mirar pa´dentro. No han sido fáciles las últimas semanas en cuanto a emociones y movimientos internos. Tal vez la época, de pronto la nostalgia, la deudas, la falta de tiempo o la búsqueda del pretexto perfecto para no darme la oprtunidad de explorarme, tomar el teclado y enviar lo que sea que lleve dentro al ciberespacio.
Lo cierto es que el miedo ha sido la única constante, siempre escudado por la apatía. En estas semanas decembrinas he visitado tres veces al psicoanalista. Hemos explorado mi infancia, mi matrimonio y en lapsos breves e intermitentes el por qué “el hombre” no era EL hombre para mí y cómo debí darme cuenta al principio, o mejor, cómo fue que siempre me engañé –porque al doctor le queda claro que la egolatría de “el hombre” siempre estuvo latente, tal vez menos evidente de inicio, pero siempre presente y yo siempre cegada. No lo sé, yo no lo creo tan tajante, pero tampoco quiero pensar que Ernesto ocultaba su verdadera razón de vida para mantener a una mujer inteligente idolatrándolo: él mismo y su amor propio sobre todas las cosas y fuerzas naturales y humanas. Más bien, era como él dijo desde el inicio: ahora estamos mostrando ambos nuestra mejor parte, como sucede en toda relación que comienza. Sin embargo, no fue lo hiriente de la historia el que él no se haya mostrado, sino que se haya ocultado tan cobardemente tras las “obligaciones” y toda “la mierda” que le tenía harto –según sus propias palabras-. ¿No era yo otra de sus obligaciones? Si bien no lo quería pegado a mí, al menos sí verle un poco durante los días que pasé en su país invitada por él, o que me dedicara mas tiempo o atención la última vez que estuvo aqui, o recibir unas líneas de cuando en cuando luego de haber dejado pasar esos amargos episodios y luego de confesarme que estaba en “peligro” por el contenido de su exposición. No lo sé, ya no sé nada y ya me da igual. Sigue doliendo, sí, por los buenos momentos y por la autoestima devastada por el abandono, la cobardía y el desequilibrio de los que me hizo presa (lo he dicho, mi eterna vocación al martirio).
Ciertamente, yo perdí un hombre al que, a pesar de todo y con base en el lado amable que le conocí y me enamoró, puedo llamar bueno. Pero aún más cierto es que a pesar de haberme hecho sentir, porque así lo permití, la mayor mierda del mundo, él y los que han pasado por mi lado y no han apostado por un amor como el mío (como aquel que me ha llamado “inolvidable” o el casado que me abrazó obstinado y borracho mientras me decía “¿no entiendes que te amo?”, ambos eventos durante estas mismas semanas decembrinas), todos ellos han dejado ir a una gran mujer.
El psiquiatra hoy dijo que ya tenemos claro al hombre que necesito, le pedí que me lo dejara “más” claro con sus palabras y resultó algo así: tiene que ser alguien que sea tan sensible como yo, que valore mi sensibilidad y que no sea artista o no esté de lleno en el mundo del arte –porque siempre hay locura ahí-, que tenga el concepto bien claro y la intención de afianzar una familia y que me dé seguridad porque sino me pierdo en mi desorden de siempre, que reconozca y cuide mis necesidades, que me conozca bien, pero no totalmente porque perdería encanto, que sea maduro y tenga la autoestima bien definida, pero que NO se parezca en nada a mi padre, porque entonces vamos para atrás, pero sugiere que tampoco busque lo contrario porque entonces repetiría por ende el patrón y entonces volveríamos al principio. Y yo que ya le había puesto rostro a la descripción, me tumbó la ilusión cuando mencionó lo del padre. Ufffff… existirá eso para mí…
Y bueno… sólo unas líneas antes de concluir el año y para no seguir dejando pasar los días sin actualizar esto y después, quedó claro, de haberme pasado por el psiquiatra tres veces.
Ah, por cierto, recibí un deseo de feliz Navidad del “hombre” que se pasea feliz por Europa. Supongo que debí responder por cortesía (nótese el sarcasmo).
Por otro lado, seguiré en breve con las reseñas de las pelis que vi en Londres.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Leslie


La primera vez que vi a Leslie fue una tarde de febrero del 2004. Lo recuerdo claramente porque por esos días comencé a trabajar en la Secretaría de Cultura y justo se llevaba a cabo la Muestra de Cine, donde me la topé por segunda vez. Yo conducía por la Avenida Carranza hacia el centro, ella estaba sobre el camellón, había cruzado desde el Jardín de Tequis. Me llamó la atención su facha. Me crié en el barrio de Tequis (mi abuela vive a espaldas del jardín y los colegios donde pasé infancia y adolescencia están a escasas cuadras de allí), además en ese año yo todavía vivía con Emiliano en un departamento de la misma privada de mi abuela, por lo que puedo decir que conocía o al menos sabía reconocer a la gente del barrio. Por otro lado, cuando uno es nacido y criado en pueblo chico eso del infierno grande es cosa de todos los días y se aprende a distinguir a los “ajenos”.

Entonces, llamó mi atención esa chica que jamás había visto por la zona, no sólo porque soy una cotilla, sino porque Leslie con tremendo físico y tan maravillosa aura, no pasa desapercibida por ningún suelo que pisa. Alta y esbelta, con ese cabello rubio y rizado que sólo a ella le había visto, vestía una de sus clásicas faldas de mezclilla, zapatos bajos, creo que su blusa era roja y sonreía sólo por el gusto de hacerlo. Yo tenía el siga, así que pasé de largo junto a ella luego de analizarla en cosa de segundos.

Unos días después, en el marco de la Muestra Internacional de Cine, un amigo en común, Amílcar, nos presentó con ella, yo estaba con Tadzio. Nuestro amigo dijo que se habían conocido en el ITESM de Querétaro donde ambos estudiaron, ella recién volvía a la ciudad luego de años. Los cuatro éramos comunicólogos, pero Tadz y yo de universidad pública.

Unas semanas después, ya instalada en la recién creada Dirección de Programación Cultural de la Secretaría de Cultura, el trabajo comenzó a caerme encima y no contaba con personal de apoyo. Comencé a correr la voz de que requería ayuda. Mi amiga Zelene, que se empezaba a juntar con Leslie, me recomendó que la entrevistara. Algo había en ella que me agradaba. Comenzó a trabajar de inmediato.

Juntas encaramos aspectos de nuestro nuevo trabajo tan paradójicos como satisfactorios. Conocimos la cara más absurda de la burocracia y la más negra de los artistas locales. Aprendimos a organizar un concierto nada menos que invitando a Santa Sabina. Enfrentamos la envidia y el recelo en reuniones con representantes de otros 8 estados que nos veían como intrusas. Visitamos municipios donde nos trataban con calidez y nos admiraban por nuestra juventud y estatura. Juntas fuimos tolerantes y nos dábamos tips para no perder el control ante ciertas situaciones o bien a sacar adelante una resaca, por cierto, ella me indujo en el “Red bull” para combatir esos males.

Ambas buscábamos alimentarnos sanamente –aunque yo dejé la carne roja unos meses después de su partida a Europa, ella nunca me logró convencer, fue mi adorado Ariel Guzik-. Ambas amábamos el cine, los viajes, las artes, la comida asiática, los desafíos y anhelábamos respirar aires de libertad.

Leslie en mucho era una niña grande y yo, como su jefa, debía jalarle las orejas de pronto para que cuidara las formas con ciertas personas, que aunque ciertamente desesperantes y pesadas, merecían nuestra atención como servidoras públicas.

Juntas también vivimos muchas aventuras. Alguna vez tomamos carretera a las 4am. para llegar a Morelia y atender una reunión a primera hora con ese grupo de gente que no nos quería. Yo alcholizada y ella feliz de haber convivido en la misma fiesta con los Van Van, cruzamos tres estados para atender la junta. En otra ocasión llegamos de noche a la Media Luna con un grupo de cirqueros europeos y mi hijo para acampar y nadar de madrugada a oscuras y desnudos. La laguna era sólo nuestra. Qué mejor ejemplo de libertad y complicidad que esa noche en que todos éramos felices.

Siempre disfruté la frescura y autonomía de Leslie. Ella es hermosa por fuera y por dentro, siempre dispuesta a ayudar y aprender. Es un alma que a donde lleve el viento procura manifestarse con libertad y siempre con una sonrisa en el rostro. Aunque también puede llegar a ser tan complicada como sus rizos rubios al despertar, tiene cierto espíritu de artista.

Comíamos hamburguesas vegetarianas en “La abeja” el día que me anunció su partida. Problemas personales de antaño la venían ahogando y perneando todos los aspectos de su vida, así que decidió marcharse lejos para respirar. Me dolió el anuncio, no lo esperaba pero la comprendía, había sido testigo yo misma de sus pesares y no me quedó más que mostrarle mi apoyo, la decisión estaba tomada.

Se presentó a trabajar por última vez en diciembre del 2005. Fue hasta que la encontré fuera de la estación de Leicester Square que la volví a ver, ahora en la ciudad más maravillosa del mundo. Dos días después acordamos reunirnos en Westminster, justo frente a las Casas del Parlamento. Como siempre la esperé porque venía retrasada. Estuve cerca de media hora dentro de la estación porque hacía frío como para esperarla en la calle sabiendo que tardaría en llegar. Por fin subí las escaleras hacia la calle y allí estaba ella, de espaldas a la puerta de la estación, recargada en un pilar y viendo de frente al Big Ben.

Nos abrazamos y caminamos por Westminister mientras definíamos qué hacer. Finalmente, me acompañó a casa para buscar la dirección de una fiesta que ofrecía el LFF, la cual no encontré. La presenté con Edmund y Tim, quien nos ofreció vino. Le regalé una botella de tequila y salimos con rumbo a China Town. Cenamos en un restaurancito coreano muy acogedor, menú vegetariano, por supuesto. Frente a nosotros había una tienda de abarrotes y se veían unas latas de chocolate “Milo”, desde niña no veía una. Leslie, como siempre enseñándome cosas nuevas, me dijo que la marca era filipina. Yo me sorprendí. Nuestra conversación giró por un buen rato en torno a la marca de chocolate.

Creo que han sido justo detalles como ese los que nos llevaron a una empatía y admiración mutua desde que nos conocimos. Leslie siempre me sorprendió por sus formas frescas y auténticas de conducirse por la vida. Pienso que ella de mí también tomó aprendizaje en los casi dos años que trabajamos juntas. Nuestra amistad se estrechó los meses previos a que nos viéramos de nuevo, mismos en los que casi a diario charlábamos por Chat. Por cierto, hace semanas que no conversamos ni nos escribimos, la echo de menos.

Siempre pensé que vivir en Europa le ayudaría a superar muchos fantasmas, principalmente los que la hicieron salir de aquí, pero encontrarla tan radiante, feliz y bella fue maravilloso. Nos vimos sólo un par de veces más los días que me restaban en Londres, yo me metí de lleno en el Festival y mis propios pensamientos. Fue hasta que éste concluyo que nos volvimos a encontrar para pasear y comer en restaurantes asiáticos.