jueves, 8 de noviembre de 2007

De nuevo en casa

"I don´t drink coffee, I take tea, my dear"
Sting (English Man in New York)

¿Se puede tener claridad mental, oxigenar el cerebro, caminar como flotando sobre piedras centenarias, poblar la mente de recuerdos y encontrar esquinas perdidas de antaño que con el mero instinto se recuperan palpándolas u oliéndolas?

Eso me sucede en Londres.

Llegar a la terminal del metro en el aeropuerto de Heathrow luego de haber convencido al agente de migración que (desgraciadamente) no llegué para quedarme. Hacer fila para comprar el boleto del metro como si lo hubiera hecho también ayer, como si lo hiciera todos los días. Eso tiene Londres. Esa sensación de haber estado allí siempre. Ese aire que colma los pulmones, frío y húmedo, que no puede más que llenar de libertad.

Era temprano por la mañana y el vagón comenzaba a poblarse de gente que iba al trabajo y se incomodaba con mis tremendas maletas. Fui reconociendo los sonidos y los aromas, las estaciones que íbamos superando para acercarnos al centro. Hammersmith, Gloucester Road, Knightsbridge… estaba en casa. Bajé en Green Park para cambiar de la Piccadilly Line a la Jubilee y buscarme un taxi una vez llegando a Southwark, lo más cerca y práctico de 1 Merrick Sq., en Borough, la casa de los Blackstone.

Por fin tomé el ascensor que me sacaría de la última estación del metro y me llevaría a la superficie. Por fin pisaría suelo londinense. De pronto me encontré riendo como una tonta mientras subía y hasta que se abrieron las puertas metálicas. Arrastré mis maletas y las saqué de la estación con dificultad. Pisé la calle y ahí estaba: el aire frío y húmedo de Londres esperando para llenarme los pulmones. Sin perder la sonrisa de boba, caminé unos metros en busca de un taxi, como la calle estaba en obra tardé un rato en encontrar uno. Le mostré al chofer el plano de las calles hacia donde me dirigía, por primera vez en esos deliciosos 10 días recibiría un “dear” con ese acento londinense que tanto disfruto.

Más calles cerradas, tuve que bajar en la esquina y arrastrar el equipaje hasta la casa. Y ahí estaba Timothy Blackstone respondiendo al llamado del timbre. Su habitual cabello rubio y lacio aún sin canas y peinado de lado. Sus medianos ojos azules detrás de las gafas de siempre. Hello Carla! Dos besos, un abrazo y me interné en la vieja casa de tres pisos hacia arriba y su basement. Aroma a muebles viejos, alfombra desgastada y té negro con leche: olor a hogar.

Lo primero: a cup of tea, of course. Un par de gritos y la escalera de madera rechinó hasta que apareció Edmund. Hi Carla! No me lo podía creer, lo dejé pequeño y de 4 años, hace cinco lo encontré todavía bajito y de 12. Hoy es un chico bien desarrollado, hermosísimo y de modales refinados. Contengo las lágrimas. Fui su niñera por casi un año, él no me recuerda realmente, pero yo con él desarrollé un instinto maternal que ahora practico en mi Emiliano.

Tim me dio indicaciones sobre mi habitación –me tocó la de Hector, mi otro niño, que está en el sótano junto a la cocina-, la casa y la zona. No quería irse al trabajo hasta dejarme bien instalada y yo moría por estar sola y tomar un baño. Le repetí varias veces que no se preocupara, que estaría bien, que me manejo perfecto en la ciudad.

Luego de instalarme y ya pasado el medio día caminé hacia South Bank, sin recordar el sendero preciso me guié por mi sentido de orientación y caminé por unos 10 minutos hasta llegar a la orilla del Támesis. Seguí por el borde pasando por la Tate Modern, el puente de Blackfriars, la Oxo Tower, por fin el Nacional Theatre y bajo el Waterloo Bridge, el National Film Theatre o BFI South Bank –Museo de la Imagen Movible, en mi etapa temprana en Londres, a principio de los 90-.

Me acredité con Honnie Tang en el Delegate Centre del Festival. Ella me entregó un programa y me dijo que seleccionara las cintas que deseaba ver para luego ella revisar disponibilidad de boletos. ¡Uf! Eran decenas, había que elegir horarios y títulos, hacer una programación personal y esperar correr con suerte, me llevó un par de horas de la tarde.

Cansada por el viaje y el cambio de horario volví caminando por la orilla del río y me nació internarme en la Tate Modern. Entonces recordé que no había comido desde el último refrigerio que recibí en el avión y decidí quedarme un rato en la cafetería acompañada de Harper Lee y su "Matar un ruiseñor" que ya llevaba muy avanzado. Terminé de comer y subí a las salas para maravillarme y enamorarme por enésima vez de su acervo. Presentaban una expo titulada "Dreams and Poetry", que iba del surrealismo a los últimos alucines del arte actual. Preciosa. Lo mejor: ver piezas de Francis Bacon sin tener que cruzar la ciudad hasta la Tate Britain.

No daba más, volví a casa.

2 comentarios:

Amanda dijo...

Qué maravilla poder acompañarte a través de tus palabras, aunque confieso que siento un poquito de envidia pues me habría gustado hacer ese mismo recorrido con mis propios pies...

ophelias dijo...

Pues mira lo que son las cosas. Me encantó tu crónica y vagamente recuerdo (el tiempo no es cualquier cosa) ese estilo.
Concuerdo contigo en que tienes buena pluma, aunque también te reconozco en las palabras del Paco.
Me destroza y me pone la piel de gallina tu primer post. Si te sirve de algo -y si no te sirve, pues ni modo-, te estaré leyendo.
Un abrazo grande desde el bravo y muy narco norte.