
Luego de años acostumbrada a tres periodos vacacionales de cuando menos dos semanas al año, además de todos los puentes posibles e inventados para no trabajar cuando estaba en la UASLP, la historia se torna triste si se piensa en eso al trabajar para el Gobierno en un puesto de confianza. Los puentes no se nos otorgan al menos que sean los de “ley ley”, sólo gozamos de una semana en el verano, otra en invierno y dos días en la Semana Santa. Así que con mucho, pero mucho tiempo antes me voy inventando qué haré para la siguiente escapada.
Los pasados “días santos” se aproximaban y yo no había definido qué hacer. Una semana antes me topé con Miguel Angel, amigo entrañable y actual responsable del Centro Cultural de Real de Catorce, me invitó a visitarlo y yo, que soy bien conocida por ser muy literal, le tomé la palabra.
Unos días antes mi amiguito/hijo adoptivo cubano, José Antonio (Jochy), confirmó que por primera vez luego de un año de conocernos nos visitaría en San Luis. La Semana Santa llegó con unos días extras de asueto y un viento azotador. El viento aminoró y Jochy llegó.
Hicimos un poco de desidia, Jochy quería conocer un poco más la ciudad, así que tomamos un día y medio de los que pasaríamos en Real de Catorce para quedarnos a pasear y torear el turismo religioso que cada año satura mi ciudad y de pasada mi barrio. El viernes santo, luego de desayunar gorditas y quesadillas de flor de calabaza y haber subido la Presa de San José, decidimos dejar San Luis atrás para internarnos en el Desierto de Catorce, subir su sierra, cruzar el Túnel de Ogarrio y entregarnos de lleno al Real.
Antes que cayera el sol del viernes de Dolores estacionamos el coche en las inmediaciones de Ogarrio, ya que por ser semana mayor se restringe la entrada de vehículos al pueblo, subimos a un carretón que conducirían un par de lugareños alcholizados con Tecate, esperamos a que un grupo de chicos “regios” llenara el resto del vehículo y cruzamos el túnel. Emiliano y yo con la misma emoción de siempre. Jochy expectante, maravillado, como todo primerizo en Real.
A mitad de camino uno de los conductores perdió el control de sí mismo, al parecer cabeceó presa de su embriaguez, y cayó del carretón. Para su suerte, el trasero del caballo desnutrido que nos jalaba le salvó de caer al piso de piedra y, por ende, de que le pasáramos encima.
Al término de los casi 2.5 km de túnel, el Real comenzaba a ser cubierto por el manto de la noche y el viento frío de cantera y sierra nos recibía.
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