miércoles, 5 de diciembre de 2007

Leslie


La primera vez que vi a Leslie fue una tarde de febrero del 2004. Lo recuerdo claramente porque por esos días comencé a trabajar en la Secretaría de Cultura y justo se llevaba a cabo la Muestra de Cine, donde me la topé por segunda vez. Yo conducía por la Avenida Carranza hacia el centro, ella estaba sobre el camellón, había cruzado desde el Jardín de Tequis. Me llamó la atención su facha. Me crié en el barrio de Tequis (mi abuela vive a espaldas del jardín y los colegios donde pasé infancia y adolescencia están a escasas cuadras de allí), además en ese año yo todavía vivía con Emiliano en un departamento de la misma privada de mi abuela, por lo que puedo decir que conocía o al menos sabía reconocer a la gente del barrio. Por otro lado, cuando uno es nacido y criado en pueblo chico eso del infierno grande es cosa de todos los días y se aprende a distinguir a los “ajenos”.

Entonces, llamó mi atención esa chica que jamás había visto por la zona, no sólo porque soy una cotilla, sino porque Leslie con tremendo físico y tan maravillosa aura, no pasa desapercibida por ningún suelo que pisa. Alta y esbelta, con ese cabello rubio y rizado que sólo a ella le había visto, vestía una de sus clásicas faldas de mezclilla, zapatos bajos, creo que su blusa era roja y sonreía sólo por el gusto de hacerlo. Yo tenía el siga, así que pasé de largo junto a ella luego de analizarla en cosa de segundos.

Unos días después, en el marco de la Muestra Internacional de Cine, un amigo en común, Amílcar, nos presentó con ella, yo estaba con Tadzio. Nuestro amigo dijo que se habían conocido en el ITESM de Querétaro donde ambos estudiaron, ella recién volvía a la ciudad luego de años. Los cuatro éramos comunicólogos, pero Tadz y yo de universidad pública.

Unas semanas después, ya instalada en la recién creada Dirección de Programación Cultural de la Secretaría de Cultura, el trabajo comenzó a caerme encima y no contaba con personal de apoyo. Comencé a correr la voz de que requería ayuda. Mi amiga Zelene, que se empezaba a juntar con Leslie, me recomendó que la entrevistara. Algo había en ella que me agradaba. Comenzó a trabajar de inmediato.

Juntas encaramos aspectos de nuestro nuevo trabajo tan paradójicos como satisfactorios. Conocimos la cara más absurda de la burocracia y la más negra de los artistas locales. Aprendimos a organizar un concierto nada menos que invitando a Santa Sabina. Enfrentamos la envidia y el recelo en reuniones con representantes de otros 8 estados que nos veían como intrusas. Visitamos municipios donde nos trataban con calidez y nos admiraban por nuestra juventud y estatura. Juntas fuimos tolerantes y nos dábamos tips para no perder el control ante ciertas situaciones o bien a sacar adelante una resaca, por cierto, ella me indujo en el “Red bull” para combatir esos males.

Ambas buscábamos alimentarnos sanamente –aunque yo dejé la carne roja unos meses después de su partida a Europa, ella nunca me logró convencer, fue mi adorado Ariel Guzik-. Ambas amábamos el cine, los viajes, las artes, la comida asiática, los desafíos y anhelábamos respirar aires de libertad.

Leslie en mucho era una niña grande y yo, como su jefa, debía jalarle las orejas de pronto para que cuidara las formas con ciertas personas, que aunque ciertamente desesperantes y pesadas, merecían nuestra atención como servidoras públicas.

Juntas también vivimos muchas aventuras. Alguna vez tomamos carretera a las 4am. para llegar a Morelia y atender una reunión a primera hora con ese grupo de gente que no nos quería. Yo alcholizada y ella feliz de haber convivido en la misma fiesta con los Van Van, cruzamos tres estados para atender la junta. En otra ocasión llegamos de noche a la Media Luna con un grupo de cirqueros europeos y mi hijo para acampar y nadar de madrugada a oscuras y desnudos. La laguna era sólo nuestra. Qué mejor ejemplo de libertad y complicidad que esa noche en que todos éramos felices.

Siempre disfruté la frescura y autonomía de Leslie. Ella es hermosa por fuera y por dentro, siempre dispuesta a ayudar y aprender. Es un alma que a donde lleve el viento procura manifestarse con libertad y siempre con una sonrisa en el rostro. Aunque también puede llegar a ser tan complicada como sus rizos rubios al despertar, tiene cierto espíritu de artista.

Comíamos hamburguesas vegetarianas en “La abeja” el día que me anunció su partida. Problemas personales de antaño la venían ahogando y perneando todos los aspectos de su vida, así que decidió marcharse lejos para respirar. Me dolió el anuncio, no lo esperaba pero la comprendía, había sido testigo yo misma de sus pesares y no me quedó más que mostrarle mi apoyo, la decisión estaba tomada.

Se presentó a trabajar por última vez en diciembre del 2005. Fue hasta que la encontré fuera de la estación de Leicester Square que la volví a ver, ahora en la ciudad más maravillosa del mundo. Dos días después acordamos reunirnos en Westminster, justo frente a las Casas del Parlamento. Como siempre la esperé porque venía retrasada. Estuve cerca de media hora dentro de la estación porque hacía frío como para esperarla en la calle sabiendo que tardaría en llegar. Por fin subí las escaleras hacia la calle y allí estaba ella, de espaldas a la puerta de la estación, recargada en un pilar y viendo de frente al Big Ben.

Nos abrazamos y caminamos por Westminister mientras definíamos qué hacer. Finalmente, me acompañó a casa para buscar la dirección de una fiesta que ofrecía el LFF, la cual no encontré. La presenté con Edmund y Tim, quien nos ofreció vino. Le regalé una botella de tequila y salimos con rumbo a China Town. Cenamos en un restaurancito coreano muy acogedor, menú vegetariano, por supuesto. Frente a nosotros había una tienda de abarrotes y se veían unas latas de chocolate “Milo”, desde niña no veía una. Leslie, como siempre enseñándome cosas nuevas, me dijo que la marca era filipina. Yo me sorprendí. Nuestra conversación giró por un buen rato en torno a la marca de chocolate.

Creo que han sido justo detalles como ese los que nos llevaron a una empatía y admiración mutua desde que nos conocimos. Leslie siempre me sorprendió por sus formas frescas y auténticas de conducirse por la vida. Pienso que ella de mí también tomó aprendizaje en los casi dos años que trabajamos juntas. Nuestra amistad se estrechó los meses previos a que nos viéramos de nuevo, mismos en los que casi a diario charlábamos por Chat. Por cierto, hace semanas que no conversamos ni nos escribimos, la echo de menos.

Siempre pensé que vivir en Europa le ayudaría a superar muchos fantasmas, principalmente los que la hicieron salir de aquí, pero encontrarla tan radiante, feliz y bella fue maravilloso. Nos vimos sólo un par de veces más los días que me restaban en Londres, yo me metí de lleno en el Festival y mis propios pensamientos. Fue hasta que éste concluyo que nos volvimos a encontrar para pasear y comer en restaurantes asiáticos.

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