martes, 8 de enero de 2008

Cuento


Sin nombre

No tenías confianza. Dudaste un par de días. Yo iba a hacer lo que tú decidieras. Soy tu esclava. No tenían buena pinta, un par de pastillitas azuladas que prometían la dicha en una noche. Seguiste dudando. Yo te seguía observando.

El primer viaje fue a un túnel repleto de gente eufórica y borracha. Sin aire ni paso. Lo cruzamos en medio de empujones y gritos. Dijiste que tomara mi píldora. Te obedecí. Soy tu esclava. Un chico me miró a unos metros, asintió con la cabeza con cierta complicidad. Por fin un claro, ya sentía una suave brisa en la cara. El fin del túnel estaba cerca. Huimos. Dejamos la adrenalina en subterráneo. Decidiste volver a casa. De nuevo te seguí. Soy tu esclava.

La ciudad reventaba en una fiesta masiva. La fuimos dejando atrás al subir la colina en el auto. El camino me envolvió y la notas de The Police comenzaron a seducir mis oídos. Paré. La droga hacía su efecto. Mi mayor miedo, mi único miedo, entrar al edificio y que todos notaran en mi sonrisa que me había metido una pasta. Me sujetaste por la cintura. No volví a sentir miedo.

Encendí la mac, la música llenaba el aire, entonces comencé a bailar revolviendo mi cabello. Tú en el baño. Mi cabello anudado. De pronto tu mano me sorprendió por la espalda y me recorrió la cintura hasta que me tuviste en brazos y bailamos “Insensates”, con la cadencia del bossa. Tus labios carnosos se desbordaron en mi boca. Nos bebimos a borbotones. Entendí lo que pasaba: ¿por qué me estás enamorando, Amadeo? Tú no eres para mí, ¿por qué me haces esto, Amadeo?

Me invitaste al sofá. Escuchamos canciones. Yo recostada en tu pecho. El tiempo ¿pasaba? Abrí tus piernas, bajé a tus pies. Soy tu esclava. Desde ahí te miré y te acaricié. Te escuché y te idolatré. Te vi brillar. Te hice crecer en mi boca. Ojos colmados, sonrisa amplia, cabello revuelto, camisa abierta, pecho pleno. Amadeo radiante. Hermoso Amadeo.

Me compartiste tus canciones. Tradujiste para mí del italiano tu himno de esperanza. Como a los dieciséis, esa noche estabas lleno de anhelo y luz. Brillabas por ti mismo y brillabas para mí. Maravilloso Amadeo. Qué regalo más bello, ¿por qué a mí, Amadeo? Yo sólo soy tu esclava.

Entonces el momento estelar: “Rayuela”. Capítulo 7. Piazzolla en el aire.

Intenso Amadeo. Magnífico. Mi hermoso Amadeo.

Me has pedido que ponga letras a esa noche, ¿y cómo diablos se describe esto? Descubrimiento. Excitación. Encuentro. Explosión ¿Amor? Luz. Mucha luz. Luz que salía de tus ojos y tu boca, de las líneas de Cortázar. Luz que llenaba la habitación. Todo brillaba. La noche se eclipsaba. Creciste en mi boca. Destellos que nos colmaban las almas. Comenzaba a faltarme el aire. Respiración agitada. Inhalo. Exhalo. Te sigo. Escucho. Gimo. Me excito. Reviento.

Yo poseída por Amadeo y Cortázar. Nuestro breve y poético ménage.

En un momento tus ojos se humedecen. ¡Llora, Amadeo! Suspiras profundamente: No estoy llorando.

(Y para mí qué queda, si yo sólo soy tu esclava, ni tú ya no eres el minero de mi cuerpo…)

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